3.6.12

En defensa del pesimismo

Hace ya demasiado tiempo que algunos políticos y algunos periodistas bienintencionados dedican muchos esfuerzos a la terapia de masas para ayudarnos a recuperar el optimismo que perdimos cuando empezamos a ser conscientes de que la realidad no estaba a la altura de nuestras esperanzas. Es tan evidente que esta terapia no funciona que quizá deberíamos empezar a preguntarnos si es necesario que funcione o si resulta que el optimismo que nos ha llevado a la actual situación puede no ser el mejor aliado para salir de ella.
Como muestra el hecho de que incluso los que se atreven a calificar esta crisis de sistémica no pueden dejar de considerarla como pasajera, nuestra época parece caracterizarse por un optimismo sistémico. Y de ese optimismo viene esta crisis. Nadie hipoteca su futuro endeudándose para comprar nada que no puede pagar y que no necesita con gran urgencia si no está más convencido de lo que siempre puede estarlo de que mañana será más rico de lo que es hoy. En otras épocas, la escasez y la precariedad se consideraban las condiciones naturales de la vida humana. Y aunque es cierto que nuestra época tiene buenos motivos para celebrar que esta ya no es una situación necesariamente permanente, todavía no ha encontrado ninguno para olvidar que la situación de prosperidad no es nunca definitiva. Queremos curarnos del pesimismo, pero quizás el pesimismo sea la cura.
Un pesimismo tanto público como privado, basado en la comprensión de aquel principio fundamental de la termodinámica según el cual todo tiende a empeorar. Y que por eso la decadencia es todo lo que nos está permitido esperar. Esta conciencia de la permanente decadencia de los asuntos humanos, de la corrupción intrínseca que los amenaza y de la situación siempre precaria y frágil del presente es precisamente lo único que nos puede incitar a su cuidado.
Las sociedades modernas aspiran a la prosperidad como los hombres a la felicidad. Y como esta aspiración no conoce límites, ni unos ni otros parecen saber con mucho precisión a qué aspiran. Por eso nuestros hombres no son nunca lo suficientemente felices y por eso nuestros estados están condenados a endeudarse sin saber muy hasta donde porque buscan una prosperidad social que no conoce límite. Y por eso mismo aquellas palabras de Schopenhauer valen tanto para la política como por la vida: "el mejor medio para no ser muy infeliz es no pretender ser muy feliz". Tanto en los hombres como en los Estados, la modestia es la mejor manera de no dejarse sorprender por la decepción. Deben hacer pocas cosas para poder hacerlas bien. Y las tienen que hacer con la conciencia de que las más grandes cosas  que han hecho las han hecho con la conciencia de que todo es siempre susceptible de empeorar y que no nos está permitido esperar nada más que sangre, sudor y lágrimas.

1 comentarios:

Miguel Santisteve dijo...

Estoy totalmente de acuerdo Ferran. Es precisamante nuestra falta de realismo y la archidemostrada incapacidad humana para medir los riesgos (=optimismo ciego) la que estaría detrás de muchos de los males que vemos hoy en día. Yo anyadiría la falta de honestidad intelectual, el miedo a ser tachados de tristes y pesimistas hace que aún los que ven la situación con claridad no se atrevan a dar su punto de vista. De este modo, el optimismo es la única via aceptada socialmente. La pena es que el desmoronamiento de nuestro suenyo optimista se está plasma en una suerte de hilera de fichas de dominó. Las últimas fichas en pié (lease paises con rating triple A como Alemania, USA, UK) piensan que las fichas que van cayendo no llegarán a hacer tambalear su firme optimismo. El crecimiento infinito, el bienestar social, las clases medias acomodadas, vivienda en propiedad, vacaciones en Majorca, coche último modelo...?quién dijo que es este el único futuro posible? En mi opinión faltan opiniones de una imaginación pesimista (o realista) que moderen aquellas expectativas.