6.7.12

"Julio César"

En tiempos de desorientación, tiempos en que parece que las grandes verdades ya no son tan grandes ni tan verdaderas, volvemos a los clásicos con la voluntad de reencontrar el camino gracias a su antigua sabiduría y su aparente simplicidad. Esto cuesta de entender a aquellos apologetas del "todo está por hacer y todo es posible" que encontramos ahora por todas partes, a todos aquellos que creen que todo problema que es nuevo para ellos es nuevo para la humanidad y que por eso no tiene más solución que la que sean capaces de idear. Pienso en aquellos que ante la crisis económica piden una nueva economía, o que ante la supuesta crisis de la democracia parlamentaria piden una nueva política, como si la política y la economía no la hiciéramos siempre los hombres y como si los hombres no fuéramos siempre los mismos. Son aquellos que suelen hablar en nombre del pueblo pero que más bien parece que lo que querrían, como en el poema de Bertold Brecht, es disolverlo y escoger otro más parecido a la alta concepción que tienen de ellos mismos. Pero aunque la sabiduría antigua sea, como muy bien saben reconocer, manifiestamente insuficiente para resolver los problemas del presente (por no hablar de los problemas siempre presentes), esta sabiduría suele ser el mejor punto de partida para aprender a convivir con ella. Quizás sea por esto, por la necesidad que tenemos que partir de algún lugar y por la inevitable constatación de que este lugar nos viene dado, que al final podremos reivindicar la utilidad de los estudios humanísticos y su importancia en las sociedades modernas. Quizás no para educar a las masas, pero sí para educar a las élites en una discusión que ya es suya sobre unos problemas que ya son los suyos.
Como muy bien nos recordaba hace pocos días Jordi Llovet en El País, el Julio César de Shakespeare es una de esas grandes obras del pasado que debemos leer para intentar iluminar el presente. Para entender, por ejemplo, que uno de los principales problemas de nuestras sociedades es "la frivolidad y el carácter voluble de la masa". Esta volubilidad se muestra en una de las escenas más célebres de la obra de Shakespeare cuando Bruto, después de matar a César, corre a la tribuna para convencer a la masa que César debía morir para que Roma pudiese vivir. Que había que deshacerse de quien Roma quería convertir en rey porque amenazaba con convertirse en tirano. El discurso de Bruto es sincero y bien elaborado y la masa le cree y aplaude agradecida. Pero la comprensión y el agradecimiento duran lo que tarda Marco Antonio en pronunicar su discurso. La masa se muestra voluble, pero no porque no sepa en qué cree, sino porque no sabe cuál es la mejor manera de defenderlo. Los gobernantes, nos lo muestra Shakespeare, creen lo mismo que ella y tienen el mismo problema. Corren el riesgo de cometer los mismos errores de la masa porque comparten sus mismas convicciones y sus mismas incapacidades. Los gobernantes y la masa, Bruto, Marco Antonio y los romanos, creen firmemente en la prioridad del bien común sobre el bien individual. Creen que es justo que un hombre muera por un pueblo, pero nunca que un pueblo muera por un hombre. Que quien con su éxito condena a la sociedad a la perdición tiene que ser castigado. Pero ni para unos ni para los demás es fácil saber quién merece la muerte y quién el más alto reconocimiento. Y en esta lucha por hacer justicia y salvar la libertad y defender el bien común se nos muestra algo que en toda democracia es urgente reivindicar, y es que en política las discusiones sobre el bien común pueden ser tan sinceras como suelen ser apasionadas. Que no todo el mundo que habla en nombre del bien común lo hace para disimular un interés personal. Y que no todo el mundo que quiere defender el interés público quiere hacerlo de la misma manera ni sabe cómo hacerlo de la mejor manera posible. Esto es lo que aprendemos de Bruto, que se niega a matar Marco Antonio para no convertir un sacrificio en una matanza y que para evitar la matanza acaba provocando una guerra. Con peores actos e intenciones menos nobles, Bruto podría haberle hecho un mejor servicio a Roma y hasta podría haber salvado su vida. Pero lo que se hace evidente es que nunca podría haber hecho con Roma lo que le saliera de las narices. Porque él, como nuestros políticos, no sabría como hacerlo. Y porque Roma sabía lo que quería y sabía lo que no quería y podía equivocarse creyendo promesas falsas o excesivas, pero nunca contrarias a su voluntad ni a lo que consideraba que era su interés. Roma sabía que quería vivir en paz y en libertad y sabía por lo tanto que no quería la tiranía. Y por eso incluso fue capaz de entender, aunque sólo mientras Bruto hablaba y hasta que calló, que la tiranía es mala incluso cuando cae en buenas manos. Sirva su ejemplo de precaución para con aquellos que, por nuestro bien y con las mejores de las intenciones, reclaman recuperar un poder que la política nunca ha tenido y del que no presentan unos límites demasiado claros. Como la tiranía de los hombres buenos no es necesariamente mejor que la llamada tiranía de los mercados, sigue siendo mejor "que el diablo infernal mande en Roma que tener que soportar a un tirano".

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Frases como "Esto cuesta de entender a aquellos apologetas del todo está por hacer y todo es posible que encontremos ahora por todas partes", están mal traducidas o no tienen sentido. La afirmación "Bruto, que se niega a matar Marco Aurelio", confunde a un emperador con Marco Antonio. Decir que "Roma sabía que quería vivir en paz y en libertad y sabía por lo tanto que no quería la tiranía" no sirve de mucho si no sabemos de hay detrás de ese "Roma sabía" personalizado como si fuese una especie de asamblea democrática moderna quien dirigía la Roma antigua y el Senado fuese, como el actual, un órgano irrelevante.

Ferran Caballero dijo...

Creo que el problema de la frase a la que se refiere es un error de picaje. Donde pone encontremos debería poner encontramos. No veo más problema que éste. Ahora lo corrijo. He escrito Marco Aurelio donde debí escribir Marco Antonio. Ahora lo corrijo.
Roma es una exageración, claro está. Pero no es mía. Roma son los romanos, la masa, y en el texto de Shakespeare la masa son los ciudadanos que escuchan los discursos de Bruto y Marco Antonio.

Muchas gracias su comentario.