7.9.12

Abandonad toda esperanza

Es como aquella vieja historia de un condenado a cadena perpetua que pasa años y años intentando escapar. Que hace años que excava, con una paciencia infinita y una cucharita de postre, el túnel que debe conducirlo de la letrina a la libertad. Y llega por fin la gran noche. Y parece que ya se acerca la hora. Y cuando se apagan las luces de la celda el preso abre lentamente la trampa. Y entra el túnel con la cucharita y con toda una vida por delante. Y avanza lenta y silenciosamente por el mismo camino que ha hecho tantas y tantas noches, hasta el final del túnel y hoy todavía un poco más allá. Y finalmente parece que se sale. Y parece que al fondo hay luz. Y finalmente parece que la luz es de una linterna. Y que se oyen voces que llaman al alto y que una mano lo coge por la espalda. Y finalmente entiende que hace años que lo vigilan y que su esperanza era su condena. Y entiende que lo primero que debe hacer quien quiera ser libre es abandonar toda esperanza. Porque en el peor de los casos, la esperanza es la condena. Y, en el mejor de los casos, la esperanza sólo genera frustración.
Cuando se dice que Cataluña es especialista en generar grandes frustraciones colectivas, no parece que se hable lo suficiente de las grandes esperanzas que las generan. Lo hemos vuelto a ver ahora, con esta eterna discusión sobre la manifestación del 11 de Septiembre. Esta discusión, en todos y cada uno de los detalles, en todas y cada una de las actitudes, ha vuelto a poner de manifiesto que de todo y de todos esperamos más de lo que es razonable esperar. Parece que se espera que el pueblo de Cataluña solucione los problemas de su gobierno, que son urgentes e importantes, y que el gobierno de Cataluña solucione las divisiones y las dudas del país, que en muchos casos son tan profundas como razonables. Parece que esperamos que la manifestación, esta sí, esta vez sí, cambie algo, pero todavía no sabemos qué debería cambiar y cómo debería hacerlo. ¿Qué debería ocurrir para que fuera razonable esperar que el gobierno se volviera decididamente independentista o que lo del pacto fiscal tuviera alguna posibilidad de salir adelante?
Si al final todo esto tan mal como parece que tiene que ir, tampoco sería razonable esperar grandes heroicidades de nuestros dirigentes, porque las temeridades de los gobiernos son la condena de su pueblo. Y cuando un gobierno se ve arrastrado a librar batallas que no sabe cómo evitar y que no parece que pueda ganar tampoco debería esperar encontrar un pueblo demasiado predispuesto a los sacrificios. Sobre todo en un momento donde el día a día ya le parece demasiado sacrificio y donde la aspiración a la independencia cada vez tiene un tono menos épico, de conquista de la libertad con sangre, sudor y lágrimas. En un momento en el que de la independencia no esperamos tanto los sacrificios, que serían grandes pero dignos y nobles, como los beneficios, que cada día que pasa nos parecen más grandes, justos y fáciles. Pero quien espera desespera y quien espera mucho de muchos, además, se lo merece. En estos días, en los que parece que del futuro sólo podemos esperar la realización de nuestras más altas esperanzas o la condena a la mayor de las frustraciones, quizás toca recordar que es precisamente liberándonos de esperanzas excesivas como nos ahorramos las grandes frustraciones. Y que esta es la libertad más alta a la que como hombres podemos aspirar.

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