24.1.13

Lincoln y Django

"Todo documento de civilización es un documento de barbarie". Lo dijo Walter Benjamin y lo sabían muy bien los norteamericanos. Conscientes de que símbolos universales de la democracia y la libertad como el Capitolio y la Casa Blanca fueron construidos por esclavos, han tenido el acierto de no olvidarlo o, como mínimo, de recordarlo de vez en cuando. Así lo hace a menudo la industria cinematográfica de Hollywood, su particular ministerio de la memoria histórica, y así lo ha vuelto a hacer este año con las películas sobre la esclavitud, Djando desencadenado, de Quentin Tarantino, y Lincoln, de Steven Spielberg. Esta nos enseña la grandeza de la lucha por la justicia y la libertad y aquella la miseria y el horror que la justifica. Y las dos lo hacen recordándonos todo el mal que hay que hacer para hacer el bien y evidenciando que sólo en un mundo tan bestia como el de Tarantino, en un mundo que a veces es también el nuestro, una larga y cruenta guerra civil, que es la peor de las guerras, puede llegar a pasar por un mal menor.
Porque la guerra civil americana, la guerra contra la esclavitud, era contra la esclavitud pero nunca dejó de ser una guerra. Una guerra que seguramente se luchaba por una causa noble, y quizás incluso por la más noble de las causas, pero una guerra que, como todas, sólo es noble para quien la mira desde la distancia. El mismo Lincoln de Spielberg se muestra más cercano a los héroes que a sus actos y no es hasta después de la victoria que se decide a visitar el campo de batalla. Hasta entonces Lincoln había visto el horror de la esclavitud, y la había visto en Washington mismo, desde la misma ventana de su despacho de congresista en el Capitolio, desde donde veía "una especie de establo de negros, donde montones de negros eran vendidos y a menudo encerrados a la espera de ser transportados hacia los mercados del sur, como si fuesen caballos". Había visto lo mismo que Django, el horror de la esclavitud, pero no todavía el horror de la liberación. Seguramente la mejor manera de defender la guerra es sacándola de los barrizales de Petersburg y llevándola a los despachos de Washington.
Hay pocos ejemplos tan claros como el Lincoln de Spielberg de aquella hermosa frase de Clausewitz según la cual la política es la continuación de la guerra por otros medios. Y la evidencia de que precisamente por eso las virtudes necesarias para ganar una guerra no son las mismas que se necesitan para ganar una votación y que la excepcionalidad de hombres como Lincoln se debe precisamente a su capacidad para hacer las dos cosas a la vez. En las dos películas, hay dos escenas que evidencian esta diferencia. En Lincoln se ve en el discurso del congresista Stevens antes de la votación, que rebaja su tono habitual y reniega de sus propias palabras para no espantar a los dudosos. En Django, el justiciero nos recuerda hasta qué punto lo bueno es enemigo de lo mejor cuando prefiere morir y poner en riesgo toda la empresa antes que certificar con un apretón de manos la rebaja de sus aspiraciones. Tanto la una como la otra nos recuerdan que en el momento del consenso, cuando se trata de asegurar la victoria, el peor de los enemigos no es la firmeza del contrario ni la tibieza de los indecisos, sino el orgullo y la intransigencia de nuestros propios hombres justos.