8.2.13

Bienaventurados los que se quedan

Es sabido que la mujer del César no sólo debe ser honesta, sino que debe también parecerlo. Pero en cuestiones de mujeres y políticos creo que tendríamos suficiente con que lo parecieran. Y la única cuestión que debería preocuparnos es a ojos de quien deberían hacerlo. Pasa por ser uno de los grandes progresos de Occidente que los políticos tengan que dar explicaciones al pueblo antes de dárselas a Dios o a la conciencia. Pero esto sólo sería un progreso si fuera posible. Y no lo es porque allí donde hay conciencia, la conciencia es primera y última. Donde hay conciencia no hay nada que se excuse en la apariencia y ni a la mujer del César ni al César mismo los salvaría de nada parecer honestos sin serlo. Porque ni a Dios ni a la conciencia ni a Santa Claus podemos esconderles nada. Así que allí donde el pueblo pasa por ser primero es que a la conciencia no se le espera. Cuando el gato no está, los ratones bailan. Y al César y a su esposa les bastará parecer honestos para ganarse el favor del pueblo. Y también para perderlo.
En esta situación, quizá la presunción de inocencia sea el último recuerdo de la existencia de esta vieja y fundamental diferencia. Es el aviso de que no queremos condenar a nadie inocente por mucho que algunos se esfuercen en hacerlo pasar por culpable. La presunción de inocencia no es sólo lo que protege, aunque de forma muy precaria, al político de las posibles calumnias malintencionadas, de la posibilidad de que un rumor interesado acabe para siempre con su carrera y su imagen. La presunción de inocencia es también y precisamente por eso lo que mantiene esta carrera y esta imagen en nuestras manos. Es lo que mantiene vigente el mandato democrático, del juicio público, contra el poder mediático, contra la tiranía de la rumorología publicada. O así podría ser si la corrupción nos preocupara tanto como aseguramos y si los periódicos de los otros tuvieran, además, un poder real de influir en el juicio que tenemos los que consideramos nuestros. Así podría ser si no soliésemos preferir, siempre y por defecto, nuestros presuntos a sus inocentes.
No hay ninguna reforma institucional capaz de acabar con este sectarismo. Y es incluso posible que la única manera de hacernos tan críticos con los nuestros como lo somos con los otros sea la desaparición de los nuestros. Mientras ésta no llegue, y mientras toda nuestra indignación y toda nuestra voluntad de cambio profundo no sea siquiera capaz de hacernos cambiar el voto, bienaventurados sean los presuntos que se quedan, porque ellos son el recuerdo de nuestra miseria moral y de su posibilidad de enmienda. Bienaventurados sean porque nos dan la oportunidad ser mejores que ellos. Bienaventurados sean porque nos recuerdan que la culpa no es de los otros sino nuestra y bienaventurados sean porque nos permiten mostrarnos tan puros como nos creemos y dejar de votarlos. Bienaventurados sean porque ellos nos ofrecen una oportunidad única de poner a prueba nuestra autoproclamada superioridad moral. Porque nos dan la oportunidad de ejercitarnos en la auténtica decisión moral, en el cinismo o en la prudencia, y bienaventurados sean porque nos ofrecen también la oportunidad de votarlos. De votar presuntos y asumir que el mal existe, que ha venido para quedarse y que nuestra superioridad moral no depende de cómo lo apartamos de nuestra mirada sino de cómo lo afrontamos. Bienaventurados sean los presuntos que se quedan, porque ellos son nuestra puerta de entrada al reino de los cielos.