18.4.13

Oh, Maggie

A menudo leo necrológicas pensando que por nada del mundo querría para mí los elogios que se dedican a los demás. Me pasaba estos días con las de Sampedro, alabado por indignado, comprometido, humanista y buena persona. Alabado, en resumen, por cosas que tengo por defectos o por obviedades. Porque yo, a diferencia de la mayoría de los que se declaran progresistas, lo de ser buena persona lo supongo. Y vivo como un auténtico drama, no sólo personal, sino político y intelectual, la evidente insuficiencia de esta bondad. Yo creo que casi todo el mundo que hace el mal lo hace pretendiendo el bien y que por eso se dice aquello tan cierto de que "el infierno está lleno de buenas intenciones". O que, como dijo Margaret Thatcher, "nadie recordaría al buen samaritano si sólo hubiera tenido buenas intenciones". Además, humanista no es tanto el elogio que se pretende como la descripción que los periódicos hacen de cualquier vida dedicada a leer y escribir, independientemente de la calidad de lo que se lee o se escribe. Y el compromiso de la indignado me parece, evidentemente, un defecto. Uno de los defectos más propios de la desorientación moral de nuestra época, tópicamente posmoderna, que por miedo a la imposición ética prefiere elogiar la intensidad del compromiso antes que discutir su objeto. No es extraño, por lo tanto, que merezca más elogios quien más convencido e indignado se compromete en la defensa del lugar común.
Estos elogios me parecen más perversos todavía por su proximidad con los que estos días se dedican a Margaret Thatcher. Unos elogios que todo gran hombre de la política debería aspirar a merecer porque definen el modelo que todo político debería aspirar a ser. En ninguna parte es más evidente este contraste que en la oposición del abuelo gruñón, al que ahora llaman indignado, y aquella Thatcher de Espada, "asqueada de los sentimientos en la política"; de aquella Thatcher de película que, como un personaje de Sorkin, podía responder al médico con un speech aristotélico sobre la prioridad del pensamiento sobre el sentimiento y en defensa de la importancia de formarse un carácter virtuoso. "¿Que cómo me siento? Ahora todo es sentimiento: nosotros sentimos, el grupo siente... ¿Por qué no me pregunta cómo pienso? El pensamiento, las ideas, eso es lo importante. Vigila tus pensamientos, porque se convertirán en palabras. Vigila tus palabras, porque se convertirán en actos. Vigila tus actos, porque se convertirán en hábitos. Vigila tus hábitos porque se convertirán en tu carácter. Vigila tu carácter, porque se convertirá en tu destino. Y yo, doctor, pienso que estoy bien". Es este mismo asco ante el sentimentalismo que la llevaba a responder a Cebrián que esta pregunta de cómo se siente una mujer entre hombres es "una pregunta muy masculina", sabedora de que lo importante en este mundo y en este cargo no es lo que eres ni lo que sientes sino lo que haces. Y por eso podía asegurar que detestaba el feminismo al tiempo que se permitía la ironía de afirmar que "si quieres que se diga algo, llama a un hombre, si quieres que se haga algo, llama a una mujer".
En su elogio fúnebre a Margaret Thatcher, William Kristol escribía que tanto ella como Ronald Reagan y Juan Pablo II, "los tres que salvaron Occidente", "sabían lo que creían pero también sabían que tenían que justificar sus creencias y que sólo es posible adaptarse prudentemente a las circunstancias si no se cede en los principios ". Y recordaba las palabras que Whittaker Chambers había escrito al final de su última carta a Bill Buckley: "Cada época encuentra su propio lenguaje para expresar un sentido eterno". Del mismo modo, continúa diciendo Kristol, "cada época debe encontrar sus propios líderes para un tarea eterna -la defensa y renovación de la civilización. La muerte de Margaret Thatcher es un sano recordatorio a los estudiosos de la política de la dificultad, de la gravedad, y también de la nobleza de esta tarea". Esta tarea pasaba y sigue pasando por un posicionamiento claro y firme en favor de la democracia. Pero esta defensa no puede ser tal y no puede ser digna si nos engañemos sobre las virtudes del consenso. Thatcher era consciente de los "peligros del consenso, que puede ser un intento de satisfacer a gente sin ningún posicionamiento claro sobre nada", y sabía que aquí mismo deriva el mandato de responsabilidad del gobernante. Sabía que a veces hay luchar solo aunque se luche por unos principios que son de todos y así lo hizo y así lo dijo en la Guerra de las Falkland, donde los ingleses lucharon por la justicia internacional pero "también lucharon solos".
Que Thatcher sea recordada por lo que dijo tanto o más que por lo que hizo me parece también una gran noticia y otro de sus éxitos. Ella misma consideró que su tarea política era también y principalmente una tarea moral y así lo dejó claro tras ganar las elecciones generales del 79: "Allí donde hay discordia, debemos llevar armonía. Donde hay error, debemos llevar la verdad. Donde hay duda, tenemos que llevar fe. Y donde no la hay, tenemos que llevar esperanza ". Esta revolución moral es y parece que fue más importante que su revolución económica, sobre todo si es cierto que, como dice R. Senserrich, Thatcher fue más radical en su discurso que en su política. Como así debe ser. Porque, como dijo ella misma y no se cansan de recordarnos, ¡con razón!, los indignados de esta crisis llamada de valores, "la economía es el método, el objetivo es cambiar los corazones y las almas".