5.7.13

¿La solución final?

Me sorprendió la insistente impasibilidad con la que el portavoz Homs hacía uso de la expresión "solución final". Era al presentar el llamado Pacto Nacional y la empleaba para señalar que, a pesar del acuerdo, subsisten entre los firmantes algunas discrepancias de fondo respeto, precisamente, de la "solución final". El uso de esta antigua expresión me sorprendió por malsonante y porque pensaba que la volvería a oír, convenientemente reducida ad Hitlerum, como una prueba más de la deriva totalitaria en la que se supone que estamos inmersos los catalanes. Pero el problema de esta expresión no es el ridículo uso que de ella pudiera haberse hecho desde alguna oscura trinchera ideológica, sino el supuesto implícito de que existe realmente una solución final a los problemas políticos, aunque podamos discrepar de que sea. Y, sobre todo, de que existe alguna solución final a los problemas políticos fundamentales, que son precisamente los problemas identitarios. Esta convicción, muy extendida también fuera de Cataluña pero no por ello menos equivocada, ya no es sólo un error teórico sino que se ha convertido en un problema político de primer orden. Porque, aunque los integrantes del Pacto Nacional puedan tener ciertos desacuerdos sobre cuál debe ser esa "solución final", el caso es que la ciudadanía se encuentra más unida, o más claramente dividida, alrededor de la idea de que esta solución es y sólo puede ser la independencia.
En estas discrepancias sobre el final del llamado proceso nacional nos encontramos en una situación doblemente extraña: parece que hay más partidos federalistas que votantes federalistas y parece que las diferencias terminológicas entre los partidos soberanistas responden en el imaginario del votante a un único concepto, que es de la independencia de toda la vida. No quiero decir que estas diferencias partidistas sean estúpidas ni inútiles. Quiero decir simplemente que a la hora de la verdad las alternativas son siempre pocas y radicales y que esto pone a la política catalana, y no sólo al gobierno, en una situación que sólo se hace soportable desde la convicción, evidentemente equivocada, que en el fondo no tenemos nada que perder. Para entendernos: creemos que los más grandes y urgentes de nuestros problemas tienen solución y que esta solución, esta única solución, es la independencia o pasa necesariamente por la independencia. Pero mientras presentamos la independencia como solución somos incapaces de solucionar el problema de la independencia. No sabemos cuándo ni cómo ni si seremos independientes y cada vez estamos menos dispuestos a pactar con una realidad que sabemos, con toda la razón, que es sucia, pero que creemos, muy firmemente pero con mucha menos razón, que es fácilmente mejorable. Y eso hace que estemos especialmente expuestos a sacrificar lo bueno en nombre del mejor, como demuestra el caso del famoso pacto fiscal o la mejora del sistema de financiación.
Sabemos que el cambio es posible porque lo ha sido y que incluso podría ser una mejora. De hecho, son muchos los que creen que todo este proceso soberanista no es más que un intento de asegurar un nuevo y mejor pacto fiscal. Pero nos vamos convenciendo de que ya no es suficiente, de que ya ninguna mejora puede ser suficiente. Es muy normal que esta aspiración maximalista desgaste y desoriente al partido del gobierno, que a la fuerza debe tratar de salvar los mínimos pactando en la realidad. Pero es preocupante que esta aspiración maximalista esté convirtiendo en la única aspiración del catalanismo, porque el futuro no está nunca a la altura de nuestras aspiraciones y porque nos estamos volviendo particularmente incapaces de aceptar menos de lo que creemos posible. Y porqué así parecemos dirigirnos, con paso firme y decidido, seguros de avanzar hacia el mejor y alejarnos de lo peor, hacia una segura frustración futura. Sea cual sea la victoria, sea cual sea la derrota.